La Marina de València

Actualidad27/09/2018

Luis, Miquel y el chubasco

Miramar. El blog de Francisco P. Puche, cronista de València. Artículo IV


Cuando me acerco a su mesa, están dando cuenta de una manzanilla y un chupito como fin de fiesta. Y me da la impresión de que me habían mirado, mientras almorzábamos en mesas separadas, hasta hacerse la idea de que antes o después íbamos a hablar. De lo que fuera, del mundo y del mar, de la televisión o del demonio. Que para Luis viene a ser lo mismo: "Fíjate a mí que me importará la Belén Esteban esa, quién será ella para salir tanto..."

Luis, de Benimàmet y Miquel, de Burjassot, han compartido para almorzar, sin prisa alguna, un gran plato de pescadito bien frito, mientras sobre sus cabezas, en el bar la Lonja del Pescador, junto a la dársena de la mermada flota local, se estaba preparando un chubasco de categoría. Pasan camiones y un largo tren de mercancías se anuncia martilleando campanas en el paso a nivel de la terminal de Trasmediterránea. Arriba y abajo, pasan autobuses lanzadera con los turistas de los cruceros que hoy se han dado cita en el puerto de Valencia; abajo y arriba, se mueven argelinos recién desembarcados de Mostaganem que buscan agua, café y algo que echarse al estómago después de una noche de oleaje.

Luis, alpargatas y caliqueños

"Yo venía a La Roseta, donde estaban las mejores clóchinas. Pero ahora ya no es igual. Las hay mejores". Miguel y Luis han cruzado la barrera de los setenta y se encuentran todos los días laborables para almorzar en cualquier parte. Donde sea. Como sea. Variando el escenario y el menú, la longitud del bocadillo y el contenido del plato. "Yo me he pasado años viniendo a la playa todos los lunes, sin falta", asegura Miquel, que ha vivido largo tiempo de un taller de niquelados y pulidos que al final tuvo que cerrar. "Me bañaba en la playa y comía en alguno de los merenderos. Y luego..."

El reportero solo quiere historias del mar y de los peces. El reportero, mientras empieza a llover, solo quiere saber si estos dos jubilados han tenido algún vínculo con el puerto, los barcos, la vida heroica de los pescadores de altura, el mundo siempre agitado de los remolcadores, los astilleros y los prácticos, de los estibadores y la mar. "Yo he conocido mucho a los Boluda", dice Luis. "Les he vendido coches y he conocido al abuelo y al padre", asegura. ¿Pero cómo explicarles que la historia de un concesionario de coches, de un niquelador de bisagras y herrajes, no me encaja en este Miramar que quiere ser heroico y nostálgico a impulsos de viejos lobos hasta ahora ocultos en la sombra?

"He estado en muchas parte, en Barcelona y en Francia. Trabajé en la obra y en la vendimia y una vez que volví volqué con mi coche y es cuando perdí el brazo en el accidente". Se ha puesto a llover con una fuerza notable; el agua tamborilea sobre toldos y tejados y el recaudador de historias lo que quiere es un vínculo con el mar, uno solo, por pequeño que sea. "Sí, hombre, claro, el mar. El puerto. Mi abuelo era del Cabanyal. Vivíamos aquí. Pero todos no trabajábamos directamente en el mar. Mi abuelo y mi padre, eso sí, hacían alpargatas. De cáñamo, de yute, de esparto, espardenyes de careta, con betas negras. Nosotros somos de la acequia del Gas, de la calle Mediterráneo, número 2. Allí vivíamos y mis abuelos se pasaban el día haciendo alpargatas para todos los portuarios, porque entonces no se usaba otra cosa para trabajar. El día antes de la riada del 57 cerró y se volvió al pueblo, en Benigànim. Menuda casualidad". ¿Y el mar? ¿No me cuenta nada del mar?. "Mire, apúntese esto bien: los marinos americanos, los del "Forrestal" y todos aquellos, nos echaban pesetas rubias desde la Escalera Real y nosotros nos tirábamos al agua a recogerlas. ¿Le gusta esa historia?"

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Miguel, los lunes a la playa

Llueve muchísimo, cae lo que no está escrito, los argelinos entran empapados y los clientes se entretienen viendo cómo el diseñador del tinglado número 5 se las ingenió, qué tío, para que el chorro de agua que escupe la vertiente de los tejados vaya a dar, con precisión milimétrica, sobre las antiguas farolas de alumbrado de aletas circulares. Nadie, en un siglo, ha reparado en la sublime torpeza, aunque igual ahora, con el nuevo repaso, se cae en la cuenta.

La lluvia, o el barómetro, ha soltado las lenguas de los contertulios. "¿Quiere usted saber lo que yo hacía cada lunes cuando venía a la playa?". No señor, eso es privado y no me interesa mucho.

--¿Quiere saber lo que escondía mi abuelo en las cajas de cartón de las alpargatas de cáñamo?.

-- No lo sé, dígamelo usted: ¿propaganda clandestina quizá?

-- ¡A santo de qué! !Eran puros caliqueños...! ¿Usted sabe lo que era eso? Aquí en el Marítimo se criaba tabaco de contramano y se hacían puros...

Llueve, llueve sin parar. Luis y Miquel van ahora a lengua suelta.