La Marina de València

Actualidad23/09/2018

El "Dios salve a la Reina", con don Alfonso a la caña

Estrellas. Blog de Francisco P. Puche. Arículo III


Aquella soleada mañana de domingo, el rey quiso conducir el automóvil que le habían preparado y enfiló la recta de la avenida del Puerto, bajo el túnel de frondosos plátanos, como alma que se lleva el diablo; dejando atrás a los pobres soldados de la escolta, que iban en bicicleta. El día anterior había sido solemne y ceremonial, con la inauguración de la Exposición Regional como pieza clave de la emoción, el protocolo y los discursos. Pero el domingo, 23 de mayo de 1909, dejando aparte la madrugadora misa de campaña, estaba consagrado al deporte y don Alfonso se plantó en pocos minutos en la Escalera Real del Puerto, donde la esperaban todas las autoridades y la directiva del Club Náutico, que había organizado una regata.

El monarca abordó el "María Daría", un viejo buque habilitado como Club Náutico, saludó a todos con aire distendido y campechano y se fumó uno de los primeros cigarrillos del día. Pero en cuanto pudo, se embarcó en la canoa automóvil del acorazado "Cataluña", que estaba en puerto para las fiestas de la Exposición, y en compañía de su buen amigo De la Cal, su segundo en el "Giralda", enfiló a toda velocidad entre los transversales, camino del antepuerto. Porque allí estaba esperando, elegante y marinero, el balandro "Dios salve a la Reina!", su favorito... al menos mientras le terminaban de construir el anhelado "Hispania".

Dos velas y un mástil, un diseño espartano, una proa afilada... El balandro era lo que era, una sencilla, atractiva máquina de navegar; pero su tripulante, nada menos que el rey de España, fue saludado con los honores correspondientes en cuanto estuvo a bordo y tomó la caña. Las salvas del "Cataluña" sonaron secas y contundentes; y fueron repetidas como un eco por las del crucero británico "Bacchante", que se había sumado a la fiesta valenciana con sus cuatro enormes chimeneas.

Hacía calor primaveral y las autoridades llegaban a las tribunas levantadas en los muelles sofocados dentro de sus ropas oficiales; el presidente Maura con su levita y su chistera, estaba dando cuenta ya de un buen habano, junto al ministro de Marina; las damas se habían puesto los sombreros primaverales más vistosos y elegantes... Y el pueblo, atraído por el espectáculo... llegaba a ríos, a bordo de tartanas y tranvías, a pie desde todos los barrios marineros, para llenar los muelles, subirse a las farolas, encumbrarse sobre árboles y marquesinas para poder ver algo.

La regata, en triángulo de siete millas, se disputó en el antepuerto a partir de una boya, debiendo los veleros ceñirse a otras dos dispuestas mar adentro. El "Dios salve a la Reina", con el monarca al timón, estaba inscrito en la clase "Sounderklasse" y tenía competidores de San Sebastián, Alicante y Barcelona. También navegaron veleros de la clase seis metros, casi todos valencianos, entre los que fue figura destacada el "Pilila", capitaneado por el señor Guedon. Las reseñas indican que hubo un "vientecillo favorable" y las regatas se hicieron amenas: si la señal de partida se dio a las 10'35, el "Guibel" cruzó la meta, el primero, cinco segundo antes de las doce. El "Dios salve a la Reina" llegó a la boya final a las 12 y 21 minutos de la mañana, lo que quiere decir que fue el noveno entre diez embarcaciones y que su papel no fue realmente lucido.

Pero el público no llegó a percatarse de nada, a causa de la lejanía, y las autoridades se inquietaron poco porque las cosas del deporte son así y lo que para ellos contaba era, sobre todo, dar cuenta del desayuno que les sirvieron en la tribuna oficial, donde hubo una variada gama de pastas y refrescos que iban desde la horchata al champaña, con el acompañamiento de perfumados habanos.

Terminada la fiesta en el mar, todos corrieron hacia los coches, para esperar a don Alfonso y acompañarle en la siguiente etapa de la jornada, que era la Sociedad del Tiro de Pichón, ubicada en la playa, al lado del puerto. Como ocurría con las regatas, el Rey concedía el trofeo y se supone que debía pugnar por ganarlo. Y un rey, como es obligatorio, debe saber hacer de todo: navegar y matar palomos...

Don Alfonso, optimista y siempre con su cigarrillo entre los dedos, llegó a la Escala Real en la gasolinera del buque de guerra, saludando y sonriendo a todos. Pero cavilando por qué al trasluchar y ceñir las maniobras le habían salido tan mal... No en una sino en las dos boyas.

FOTOGRAFÍAS: El poderoso "Bacchante" británico, que vino a la Exposición Regional